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¿Quién piensa abstractamente? (Hegel)

¿Quién piensa abstractamente?

¿Pensar? ¿Abstractamente? –Sauve qui peut! ¡Sálvese quien pueda! Ya escucho exclamar a uno de los traidores comprados por el enemigo, pregonando que este ensayo será un discurso de metafísica. Pues “metafísica” es la palabra, al igual que “abstracto” y casi también “pensar”, de la que todo el mundo huye más o menos como de alguien atacado por la peste.

Pero no es tan malo que haya que explicar aquí qué sea ‘pensar’ y qué sea ‘abstracto’. Nada es tan insoportable como la explicación para el mundo bello1. Para mí ya es suficientemente repulsivo cuando alguien comienza a explicar, pues, en el peor de los casos, entiendo ya todo por mí mismo. Sin embargo, aquí la explicación del pensamiento y de lo abstracto se ha mostrado como completamente superflua, pues es precisamente porque el mundo bello sabe qué es lo abstracto, que huye de ello. Porque así como no se desea lo que no se conoce, tampoco se lo puede odiar.

Tampoco se trata aquí de querer reconciliar astutamente al mundo bello con el pensamiento o con lo abstracto, como si, bajo la apariencia de una conversación ligera, estos se introdujeran clandestinamente, de manera que, en forma desapercibida y sin haber despertado ninguna repulsión, se colaran en la sociedad, e incluso fueran adoptados imperceptiblemente por la sociedad misma, o, como dicen los Suabos, se los “embutieran”, y luego el autor de este enredo descubriera ese huésped, por lo demás extraño, a saber, lo abstracto, al que toda la sociedad habría tratado y reconocido bajo otro título como a un viejo conocido. Tales escenas de conocimiento mediante las cuales debe ser instruido el mundo en contra de su voluntad, tienen el defecto inexcusable de que a la vez humillan, y quien las maquina habrá querido con ello hacerse una pequeña fama; pero de esta manera dicha humillación y esta vanidad suprimen el efecto, porque vienen a anular más bien la enseñanza que había sido pagada a tan alto precio.

En cualquier caso, la preparación de un plan así estaría condenada al fracaso, porque exigiría para su realización que la palabra del enigma no hubiese sido pronunciada con anterioridad. Pero esto ha sucedido ya en el título de este escrito. Si se tratara aquí de utilizar este ardid, no se les habría permitido a las palabras entrar en escena desde el principio, sino que, como el Ministro en la comedia, se habría requerido de ellas que rondaran ocultas bajo su abrigo durante toda la obra, y que sólo hasta la última escena lo desabotonaran, dejando entonces destellar la estrella de la sabiduría. Ahora bien, considero que desabotonar el abrigo metafísico es en todo caso menos eficaz que desabotonar el del Ministro, pues lo que el primero traería a la luz no sería más que un par de palabras, y la mejor parte de la diversión consistiría en mostrar que la sociedad ya estaba en posesión desde hacía tiempo de la cosa misma; así que lo que ella ganaría al final no sería más que el nombre, mientras que la estrella del Ministro significa algo más real: un saco con dinero.

Que todos los presentes saben lo que es pensar y lo que es abstracto es algo que se presupone en una buena sociedad, y nos encontramos en una de ellas. La pregunta es simplemente ¿quién es aquél que piensa abstractamente? El propósito no es, como ya se ha dicho, el de reconciliar a la sociedad con estas cosas, esperar de ella que ceda ante algo difícil, apelar a la conciencia de que ha descuidado irreflexivamente aquello que tiene rango y estatus para un ser dotado de razón. El propósito es más bien reconciliar al mundo bello consigo mismo en este respecto, ya que, por lo demás, aunque no tiene mala conciencia por ese descuido, sin embargo tiene en su interior un cierto respeto por el pensamiento abstracto como por algo elevado, y aparta la mirada de él, no porque le parezca muy bajo, sino porque lo ve como muy alto; no porque le parezca muy común, sino más bien porque lo ve como demasiado distinguido; o, por decirlo de otra manera, porque se le aparece como una espèce, como algo especial, como algo que no otorga distinción en la sociedad en general como lo hace un nuevo ropaje, sino que más bien excluye de la sociedad y nos vuelve ridículos, como sucede con un atuendo pobre, o incluso con uno rico si está decorado con piedras preciosas pasadas de moda, o con adornos muy ricos pero que ya hace tiempo se han vuelto “chinos”.

¿Quién piensa abstractamente? El hombre inculto, no el educado. Por ello la buena sociedad no piensa abstractamente, porque es demasiado fácil, demasiado vulgar; no vulgar según un estatus externo o por una nobleza vacía que se pone por encima de lo que no es capaz, sino debido a la inferioridad intrínseca del asunto.

El prejuicio y el respeto por el pensar abstracto es tan grande, que narices delicadas empezarán a olfatear aquí algo de sátira o ironía; y, como son lectoras del Morgenblatt2, sabrán que han ofrecido premio por una sátira, y que yo, por tanto, creería mas bien merecerlo y entrar por ello en el concurso, antes que dedicarme aquí sin más a mis asuntos.

Sólo necesito aducir algunos ejemplos para mi tesis, ante los que todo el mundo convendrá que la confirman. Un asesino es conducido al patíbulo. Para el común de la gente él no es más que un asesino. Algunas damas quizás hagan notar que es un hombre fuerte, bello e interesante. El pueblo, sin embargo, considerará terrible esta observación: ¿qué belleza puede tener un asesino? ¿Cómo se puede pensar tan perversamente y llamar bello a un asesino? ¡No sois sin duda mucho mejores! Ésta es la corrupción moral que prevalece en las clases altas, añadirá quizás el sacerdote, quien conoce el fondo de las cosas y los corazones.

Un conocedor de los hombres busca el camino que tomó la formación del criminal. Encuentra en su historia una mala educación, malas relaciones familiares entre el padre y la madre, alguna excesiva severidad ante una pequeña falta de este hombre que lo enconó contra el orden social, una primera reacción en contra que lo condujo a marginarse y a no poder mantenerse más que por medio del delito. –Podrá haber sin duda personas que cuando escuchen tales cosas digan: ¡éste quiere exculpar al asesino! Recuerdo muy bien haber escuchado en mi juventud a un alcalde quejarse de que los escritores estaban yendo demasiado lejos, buscando acabar por completo con el Cristianismo y la honradez: alguien había escrito una defensa del suicidio; terrible, realmente terrible. –Cuando se investigó un poco más, resultó que se trataba de Los sufrimientos del joven Werther.

Esto significa pensar abstractamente: no ver en el asesino más que esto abstracto, que es un asesino, y mediante esta simple propiedad anular en él todo remanente de la esencia humana. Todo lo contrario al fino y refinado mundo de Leipzig. Allí cubrieron con coronas de flores la rueda y al criminal a ella atado. –Esto, sin embargo, es de nuevo la abstracción contrapuesta. Los cristianos pueden querer fomentar el Rosacrucismo, o mejor el Cruzrocismo, coronar la cruz con rosas. La cruz es la horca y la rueda ya hace tiempo santificadas. Ha perdido su significado unilateral de ser simplemente un instrumento del deshonroso castigo, para convertirse, por el contrario, en la representación del más elevado y el más profundo rechazo, unidos al éxtasis más jubiloso y al honor más divino. Por el contrario, la [cruz] de Leipzig, atada con violetas y claveles, es una reconciliación superficial y a la Kotzebue3, un tipo de licenciosa tolerancia a lo sentimental y lo despreciable.

De una manera muy distinta oí alguna vez a una mujer de edad, común y corriente, una enfermera, matar la abstracción del asesino y elevarlo nuevamente a una vida con honor. La cabeza decapitada había sido colocada sobre el patíbulo bajo la luz del sol. ¡De qué manera tan bella, decía ella, el sol de la gracia de Dios resplandece sobre su cabeza! –No eres digno de que el sol brille sobre tu cabeza, se le dice al pícaro con quien se está enojado. Aquella mujer vio que los rayos del sol iluminaban la cabeza del asesino y que, por lo tanto, todavía era digno de ello. Lo elevó del castigo del patíbulo hacia la gracia soleada de Dios, y no llevó a cabo la reconciliación mediante violetas y una vanidad sentimental, sino que lo vio, bajo la luz del sol, acogido por la gracia.

¡Anciana, sus huevos están podridos! dice la compradora a la vendedora del mercado. ¿Qué, replica ésta, mis huevos podridos? ¡Es usted la que está podrida! ¿Se atreve usted a decirme eso de mis huevos? ¿Usted? ¿No murió su padre acaso en la calle comido por los piojos? ¿No huyó su madre con los franceses, y no murió su abuela en un asilo? ¡Que se compre una camisa completa en lugar de andar usando ese chal de lentejuelas; bien sabemos de dónde sacó ese chal y el sombrero que usa; si no fuera por los oficiales, algunas no estarían hoy en día tan ataviadas; y si las estimadas señoras se ocuparan mejor de sus asuntos domésticos, veríamos a muchos sentados en la cárcel! ¡Que arregle los huecos en sus medias! –En resumen, no le deja ni un hilo completo4. Ella piensa abstractamente y la subsume por el sombrero, el chal, la camisa, etcétera, así como por los dedos y otras partes, también por el padre y toda la parentela, únicamente por el crimen de haber encontrado los huevos podridos. Todo en ella se ha teñido por completo con esos huevos podridos, mientras que aquellos oficiales de los que hablaba la vendedora, por el contrario –si es que ocurrió algo, lo cual es dudoso–, habrían visto cosas muy diferentes en ella.

Para pasar de la criada al sirviente, ningún sirviente está peor que aquel que trabaja para un hombre de baja posición o pocos ingresos; y por eso estará mejor cuanto más honorable sea su señor. El hombre común, una vez más, piensa más abstractamente; él se da aires de gran señor frente al sirviente y se relaciona con él sólo en cuanto sirviente; a este único predicado se aferra él firmemente. El sirviente se encuentra mejor entre los franceses. El hombre distinguido se comporta con familiaridad con su sirviente, mientras que el francés llega hasta ser su amigo. Cuando están solos, el sirviente toma la palabra, como en Jacques et son maître de Diderot: el señor no hace otra cosa que inhalar rapé y mirar su reloj, y deja al sirviente ocuparse de todo lo demás. El hombre distinguido sabe que el sirviente no es solamente un sirviente, sino que también está enterado de las últimas noticias de la ciudad, conoce a las jóvenes, guarda buenas sugerencias en la cabeza; él le pregunta sobre estos asuntos, y el sirviente puede decir lo que sabe sobre aquello que el jefe le pregunta. Entre los franceses el sirviente no sólo tiene permitido esto, sino que puede también proponer un tema de discusión, tener su opinión y sostenerla, y cuando el señor quiere algo, no se trata de una orden, sino que debe argumentar a favor de su propia opinión y dar buenas razones para mostrar que es la correcta.

En el ejército encontramos la misma diferencia: para los prusianos el soldado puede ser apaleado, él es por tanto un canaille5, porque cualquiera que tenga el derecho pasivo de ser apaleado es un canaille. Así, el soldado común es para el oficial este abstractum de un sujeto apaleable, con el cual debe tratar un señor que tiene uniforme y Port d’épée, lo que significa ser entregado al diablo.

 


1 Con la expresión ‘mundo bello’ Hegel se refiere a la ‘buena sociedad’, o al mundo superficial.

2 Referencia a la publicación Morgenblatt für gebildete Stände, aparecida el 1 de enero de 1807 en Stuttgart y Tübingen, y cuya segunda edición convocaba a un premio por una sátira.

3 August von Kotzebue (1762-1819), dramático alemán nacido en Weimar, fue asesinado en la puerta de su casa en Mannheim por un joven estudiante de teología. Parece que su popularidad en Alemania y Austria en la época de Hegel superaba a las de Schiller y Goethe. Evidentemente, como puede verse por la alusión en el texto, no era del gusto de Hegel, quien lo acusa de “sentimental”, en el sentido tal vez de “fanático” o “iluso”. En todo caso, es probable que el desprecio de Hegel se debiera más a razones políticas y religiosas, que a cuestiones de estética.

4 Es una expresión alemana. El equivalente en español sería la expresión coloquial: “no le deja ni un pelo en su sitio”.

5 La palabra aparece en el original en francés.Hegel

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